viernes, 10 de junio de 2016

La Investigación - Capítulo 3

Capítulo 3
En un despacho del Patronato del Museo del Louvre

        Monsieur Hugo de la Salpiquellerie tenía el rostro desencajado y enrojecido, estaba al borde de tener una apoplejía. Se había llevado una reprimenda, por parte de sus superiores, como en la vida se podía haber imaginado. Se golpeó en un costado para que el cilicio que llevaba a la cintura se le clavara un poco más. El dolor físico era relajante en comparación con la angustia moral. “Los papiros tenían que aparecer a su debido tiempo, ni antes ni después… Es usted un inútil, indigno de la confianza que hemos depositado en sus servicios… Como no sea capaz de controlar la situación puede irse despidiendo de ese bonito sueldo que le regalan en el Patronato…”, resonaban una y otra vez en sus oídos…
        - ¡Maldito “pelo panocha”, tenía que ponerse a hurgar donde no debía! -se le escapó en voz alta, tan alta que el ordenanza que custodiaba su puerta entró a preguntar si le ocurría algo.
        - Nada -respondió, displicente -. ¿Ha llegado ya la policía?
        - Estarán de un momento a otro porque acabo de escuchar sirenas afuera…
        -Ya sabe, esté atento y en cuanto lleguen les hace subir a mi despacho.
        - Siempre a sus órdenes, Monsieur Hugo -sonó su busca-. Ya están aquí, corro a buscarlos.
       
        Le sorprendió ver aparecer a una mujer.
        - Subinspectora Michèlle Puerta, a su servicio -se presentó ella. Era alta, robusta y rubia como una valkiria, si su apellido denotaba que tenía una ascendencia paterna hispana lo más probable era que la materna fuera alsaciana.



        El contraste con la mezquindad corporal del hombre, pequeño y enclenque, la hacía resplandecer más. Monsieur Hugo, era además misógino, “¿cómo podían enviar a una mujer para resolver un caso importante?”, pensó y comenzó atacando:
        - ¿Cómo han tardado tanto en venir?
        - ¿Cuál es la urgencia, no sabemos de que se trata?
        - Si se les llama es porque se tiene necesidad de sus servicios y tienen que acudir lo más rápido posible.
        - Nos hemos tropezado con una manifestación y hemos tenido que dar un rodeo… -explicó ella, aunque, sin tener ninguna necesidad de hacerlo, se arrepintió al instante de haberlo dicho. Las reformas laborales proyectadas por el Presidente, François Hollande, que recortaban una buena serie de derechos de los trabajadores, habían tenido la virtud de movilizar a éstos en su contra cómo no se recordaba desde Mayo del 68, poniendo en peligro la celebración de los Campeonatos Europeos de Selecciones de Fútbol, que tenían como anfitriona a Francia.
        - Así nos luce el pelo con este Gobierno socialista, que no es capaz de controlar la situación -Monsieur Hugo tenía unas pronunciadas entradas, que casi eran también salidas, con lo que sus palabras resultaban, en realidad, sin darse cuenta, un sarcasmo.
        - Política no, por favor, y antes de proseguir, sería tan amable de decirme ya: ¿con quién tengo el gusto de hablar?
        - Hugo de la Salpiquellerie, a su servicio, Mademoiselle…
        - De la trasnochada nobleza, sin duda.
        - No admito impertinencias, me quejaré a sus superiores…
    - Se olvidó, Monsieur, de que andamos ya por la Quinta República… Pero dejémonos de fuegos de artificio y cuénteme que le pasa.
        - Perdone, siéntese, por favor, estoy siendo muy descortés con usted -y le arrimó una butaca de confidente-. Los nervios, sin  duda.
        Michèlle sacó un bloc del bolsillo de la ligera gabardina beis, que llevaba sobre un elegante traje cruzado gris marengo, y se dispuso a tomar notas.  
        - Esos nervios, ¿a qué son debidos?
        - Todo el lío que tenemos aquí con lo de la posible inundación y luego lo de los papiros que han aparecido y han vuelto a desaparecer, seguro, que ese mozo, Marcel, creo que se llama, tiene algo que ver con todo, le vieron tomar fotos de los papiros, desocupándose de su trabajo… nunca me he fiado de él, tener el pelo del color de las zanahorias es un signo de que algo diabólico le pasa por la mente…
        - Es una aseveración bastante pintoresca, relacionar el color de los cabellos de una persona, con los estadios de su mente -ironizó la subinspectora -. Sea más concreto, por favor -. Aprovechó la pausa para pasar revista al amplio despacho, en el que se combinaban lo clásico con lo funcional, mesa y armarios de caoba, zócalo perimetral de raíz de olivo barnizada, sillones móviles y reclinables, tapizados en cuero granate, mesa baja supletoria de cristal… Cortinas venecianas en tonos malvas filtraban la luz natural exterior, y reproducciones de algunas de algunas de las obras maestras de los tesoros del Museo, entre las que no faltaba el San Juan Bautista de Leonardo da Vinci, señalando la Cruz, enmarcadas en dorado, adornaban las paredes estucadas en marfil... 


        - Al mover un sarcófago egipcio, en el primer sótano, han salido de no se sabe donde unos papiros con inscripciones en griego, y el inepto del capataz, que dirigía la cuadrilla, en vez de recogerlos y avisarnos inmediatamente al Patronato, para que pudiéramos comprobar su procedencia, ha continuado con su trabajo, desentendiéndose de ellos. Cuando me llegó la noticia y bajé a buscarles, los dichosos papiros habían desaparecido. Tienen que ayudarnos a encontrarlos, interrogue a esa cuadrilla y su capataz, ellos tienen que saber donde les han puesto…





        - Caballero, creo que está exagerando la nota, unos documentos que para un estudioso pueden ser muy importantes, para el peón, que tiene que acarrearlos de un lado para otro, no dejan de ser una rémora indistinta de cualquier otra, y los que nos ocupan pueden perfectamente haberlos amontonado con cualquier otros parecidos…
        - Como le he dicho me han contado que uno de ellos los estuvo fotografiando, por algún motivo, que desconozco, le debieron de interesar… Tiene que interrogarlos.
      - Está usted un poco obsesionado con los interrogatorios, seguro que se ve más de una serie policíaca en el canal Fox… Tengo que recabar información, sería una expresión mucho más acorde con la situación presente…
            - ¿Doy orden de que vayan viniendo?
        - Parece que no lo quiere entender, quienes tenemos que enterarnos de lo que está sucediendo somos nosotros: la policía. Usted ya haría bastante si nos facilita un lugar donde podamos mantener esas charlas amigables con los testigos…
            - Puede utilizar mi despacho, si no tiene inconveniente…
           - Parece bastante cómodo, he de reconocer que se ha sabido usted buscar un trabajo agradable, seguro que tiene una vistas preciosas sobre el Sena… Ahora, si es tan amable, salga que ocuparé  yo su reconfortable sillón…
        - Con mucho gusto -admitió Monsieur Hugo, y se levantó, al tiempo que, con disimulo, apretaba una tecla del interfono. “Si se cree usted que no me voy a enterar de cuanto se cueza aquí está muy equivocada “Mademoiselle”…”


                                                           (Continuará)





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