Capítulo
3
En
un despacho del Patronato del Museo del Louvre
Monsieur Hugo de la Salpiquellerie tenía
el rostro desencajado y enrojecido, estaba al borde de tener una apoplejía. Se
había llevado una reprimenda, por parte de sus superiores, como en la vida se
podía haber imaginado. Se golpeó en un costado para que el cilicio que llevaba
a la cintura se le clavara un poco más. El dolor físico era relajante en
comparación con la angustia moral. “Los papiros tenían que aparecer a su debido
tiempo, ni antes ni después… Es usted un inútil, indigno de la confianza que
hemos depositado en sus servicios… Como no sea capaz de controlar la situación
puede irse despidiendo de ese bonito sueldo que le regalan en el Patronato…”,
resonaban una y otra vez en sus oídos…
- ¡Maldito “pelo panocha”, tenía que
ponerse a hurgar donde no debía! -se le escapó en voz alta, tan alta que el
ordenanza que custodiaba su puerta entró a preguntar si le ocurría algo.
- Nada -respondió, displicente -. ¿Ha
llegado ya la policía?
- Estarán de un momento a otro porque
acabo de escuchar sirenas afuera…
-Ya sabe, esté atento y en cuanto
lleguen les hace subir a mi despacho.
- Siempre a sus órdenes, Monsieur Hugo -sonó su busca-. Ya están aquí, corro a
buscarlos.
Le sorprendió ver aparecer a una mujer.
- Subinspectora Michèlle Puerta, a su
servicio -se presentó ella. Era alta, robusta y rubia como una valkiria, si su
apellido denotaba que tenía una ascendencia paterna hispana lo más probable era
que la materna fuera alsaciana.
El contraste con la mezquindad corporal
del hombre, pequeño y enclenque, la hacía resplandecer más. Monsieur Hugo, era
además misógino, “¿cómo podían enviar a una mujer para resolver un caso
importante?”, pensó y comenzó atacando:
- ¿Cómo han tardado tanto en venir?
- ¿Cuál es la urgencia, no sabemos de
que se trata?
- Si se les llama es porque se tiene
necesidad de sus servicios y tienen que acudir lo más rápido posible.
- Nos hemos tropezado con una
manifestación y hemos tenido que dar un rodeo… -explicó ella, aunque, sin tener
ninguna necesidad de hacerlo, se arrepintió al instante de haberlo dicho. Las
reformas laborales proyectadas por el Presidente, François Hollande, que
recortaban una buena serie de derechos de los trabajadores, habían tenido la
virtud de movilizar a éstos en su contra cómo no se recordaba desde Mayo del
68, poniendo en peligro la celebración de los Campeonatos Europeos de Selecciones
de Fútbol, que tenían como anfitriona a Francia.
- Así nos luce el pelo con este Gobierno
socialista, que no es capaz de controlar la situación -Monsieur Hugo tenía unas
pronunciadas entradas, que casi eran también salidas, con lo que sus palabras
resultaban, en realidad, sin darse cuenta, un sarcasmo.
- Política no, por favor, y antes de
proseguir, sería tan amable de decirme ya: ¿con quién tengo el gusto de hablar?
- Hugo de la Salpiquellerie, a su
servicio, Mademoiselle…
- De la trasnochada nobleza, sin duda.
- No admito impertinencias, me quejaré a
sus superiores…
- Se olvidó, Monsieur, de que andamos ya
por la Quinta República… Pero dejémonos de fuegos de artificio y cuénteme que
le pasa.
- Perdone, siéntese, por favor, estoy
siendo muy descortés con usted -y le arrimó una butaca de confidente-. Los
nervios, sin duda.
Michèlle sacó un bloc del bolsillo de la
ligera gabardina beis, que llevaba sobre un elegante traje cruzado gris marengo,
y se dispuso a tomar notas.
- Esos nervios, ¿a qué son debidos?
- Todo el lío que tenemos aquí con lo de
la posible inundación y luego lo de los papiros que han aparecido y han vuelto
a desaparecer, seguro, que ese mozo, Marcel, creo que se llama, tiene algo que ver con todo, le
vieron tomar fotos de los papiros, desocupándose de su trabajo… nunca me he
fiado de él, tener el pelo del color de las zanahorias es un signo de que algo diabólico
le pasa por la mente…
- Es una aseveración bastante
pintoresca, relacionar el color de los cabellos de una persona, con los
estadios de su mente -ironizó la subinspectora -. Sea más concreto, por favor
-. Aprovechó la pausa para pasar revista al amplio despacho, en el que se
combinaban lo clásico con lo funcional, mesa y armarios de caoba, zócalo
perimetral de raíz de olivo barnizada, sillones móviles y reclinables,
tapizados en cuero granate, mesa baja supletoria de cristal… Cortinas venecianas en tonos malvas filtraban la luz natural exterior, y reproducciones de algunas de algunas de las obras maestras de los tesoros del Museo, entre las que no faltaba el San Juan Bautista de Leonardo da Vinci, señalando la Cruz, enmarcadas en dorado, adornaban las paredes estucadas en marfil...
- Al mover un
sarcófago egipcio, en el primer sótano, han salido de no se sabe donde unos
papiros con inscripciones en griego, y el inepto del capataz, que dirigía la
cuadrilla, en vez de recogerlos y avisarnos inmediatamente al Patronato, para
que pudiéramos comprobar su procedencia, ha continuado con su trabajo,
desentendiéndose de ellos. Cuando me llegó la noticia y bajé a buscarles, los
dichosos papiros habían desaparecido. Tienen que ayudarnos a encontrarlos,
interrogue a esa cuadrilla y su capataz, ellos tienen que saber donde les han
puesto…
- Caballero, creo que está exagerando la
nota, unos documentos que para un estudioso pueden ser muy importantes, para el
peón, que tiene que acarrearlos de un lado para otro, no dejan de ser una
rémora indistinta de cualquier otra, y los que nos ocupan pueden perfectamente
haberlos amontonado con cualquier otros parecidos…
- Como le he dicho me han contado que uno de ellos los
estuvo fotografiando, por algún motivo, que desconozco, le debieron de
interesar… Tiene que interrogarlos.
- Está usted un poco obsesionado con los
interrogatorios, seguro que se ve más de una serie policíaca en el canal Fox…
Tengo que recabar información, sería una expresión mucho más acorde con la
situación presente…
- ¿Doy orden de que vayan viniendo?
- Parece que no lo quiere entender,
quienes tenemos que enterarnos de lo que está sucediendo somos nosotros: la
policía. Usted ya haría bastante si nos facilita un lugar donde podamos
mantener esas charlas amigables con los testigos…
- Puede utilizar mi despacho, si no
tiene inconveniente…
- Parece bastante cómodo, he de
reconocer que se ha sabido usted buscar un trabajo agradable, seguro que tiene
una vistas preciosas sobre el Sena… Ahora, si es tan amable, salga que ocuparé yo su reconfortable sillón…
- Con mucho gusto -admitió Monsieur
Hugo, y se levantó, al tiempo que, con disimulo, apretaba una tecla del
interfono. “Si se cree usted que no me voy a enterar de cuanto se cueza aquí está muy equivocada “Mademoiselle”…”
(Continuará)


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