El pastorcillo de Fredy
Por aquella lejana época en que Saulo
de Tarso “se cayó de la burra” camino de Damasco, aunque la iconografía de los
pintores barrocos, siempre tan aparatosos ellos, decidieron poner un caballo,
que resulta más vistoso y vende mejor, tanto que seguimos convencidos, aunque
en ningún texto bíblico se diga que cuando se pegó el garrapatazo iba montado
sobre alguna clase de bestia o acémila, de que cabalgaba sobre un noble bruto…
“Nace el bruto, y, con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
-gracias al docto pincel-,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad
monstruo de su laberinto…”
Tras el golpe, dicen que, aparte de maltrecho,
se quedó ciego, y un hombre piadoso y rico, Ananías, no sólo le acogió en su
casa, en la hermosa ciudad tan propicia a los embrujos, sino que también, por
el conocido método de sanación de "la imposición de las manos" le curó la ceguera, al tercer día, y se
cambio de la secta farisea, en que militaba, a la secta cristiana que inventó.
Se
comentaba, por los mentideros de “la ciudad de las mil cúpulas doradas”, que la
fortuna le vino a Ananías a la mano gracias a un socio, hombre de negocios como él, que
se llamaba Abu Simbel, que ideó uno que era redondo, pues sólo tenía
beneficios, económicos para él y morales para los que contrataban sus
servicios.
Lo denominó “el pastorcillo de Fredy”,
porque cuando lo concibió se encontraba colocado por algún producto alucinógeno
que había consumido, y tuvo un extraño sueño. En dicho sueño, en medio de un
anfiteatro inmenso, una señora muy, muy gorda, y un caballero con el torso
desnudo y muchos pelos en el pecho cantaban a dúo, y con atronadora voz, que
eran “los Campeones, amigos”, y lo repetían una y otra vez, mientras la muchedumbre
enloquecida gritaba en forma alternativa: “Monche, Monche, Monche” y “Fredy,
Fredy, Fredy”.
Consistía la productiva empresa, en organizar
una linda fiesta para niños en los jardines de la gran mansión de Ananías, por
las que se llevaba una comisión en concepto de alquiler, y limpieza y ornato del
lugar, en la que los padres de un rapazuelo que acababa de llegar a eso que se
denomina el “uso de razón”, es decir, cuando se puede distinguir lo que está
bien hecho y lo que no está ni medio regular, pongamos ocho o nueve años,
tendrían las criaturas, a las que ya se les podía traumatizar para el resto de
su vida introduciendo en sus tiernas mentes el concepto de “pecado”.
La casa de Ananías se encuentra 4 metros por debajo
del nivel de la calle de la actual Damasco (Siria)
Se engalanaba al Fredy de turno con
vestimentas de pastor rico y se le situaba en una especie de trono de quincalla
y oropel, ubicado sobre un estrado y bajo un gran arco florido, para remarcar
más su protagonismo.
Tras de jugar los chavales a “la
gallinita ciega”, “pídola” o “corre, corre, corre, que te van a echar el guante”,
empacharse con chucherías y otras guarrerías diversas, y tomar zarzaparrilla hasta
el vómito, cuando ya habían ensuciado, manchado y desgarrado esas galas extras
con que les habían vestido, también, para la ocasión, formaban una fila y le
iban haciendo ofrendas al entronado, según el acomodo de los padres de cada
cual y de lo que querían distinguirse dentro de la comunidad de parientes y
amistades: que tal, hijo de un huertano, un cestillo con frutas de temporada;
que fulana, hija de un tejedor, una preciosa túnica coloreada; que Pascual, el
hijo del pastor, un corderito; que mengana… lo que a su madre le dio la gana.
Si la familia era cursi, con la entrega
de la dádiva, era de obligado cumplimiento el recitado de unos versitos molones:
- Te entrego a la oveja parda,
que estará muy rica asada…
A los que “el pastorcillo Fredy” debía contestar con
otros que tuvieran algo que ver con el tema, apostillado si era necesario por
el rabino que le enseñaba letras y doctrina, y siempre le acompañaba en tan
comprometida labor:
- Con gusto la comeremos
aliñada con romero.
Así se llegaba al acto fundamental, piedra angular que
daba motivo a la congregación, la conversión de un acto mundano, que podría practicar
cualquier gentil de una manera indistinta, en una enseñanza moral, digna del Pueblo señalado por Dios:
cuando más feliz se las prometía el homenajeado con todos aquellos regalos de
los que pensaba disfrutar, y le brillaban lágrimas de alegría en las inocentes
pupilas dilatadas… Aparecía Abu Simbel, que con esos ademanes ampulosos, y esas
dicciones tan redichas, con que uno se imagina han actuado, y hablado, los bíblicos
profetas, soltaba un discurso de semejante jaez:
- ¡Ay, alma cándida, que hasta hora
todo te ha llegado a la boca como maná caído del cielo!, hoy comenzarás a
aprender, que la vida está llena de lucha y sacrificios, que no hay peor pecado que la avaricia, y que, a partir de
ahora, nadie te va a regalar nada por nada… aprendizaje moral que vas a entender de una
vez por todas en este único, magnífico y sencillo acto en que te desposeemos de todo lo
que creías tuyo en un santiamén -dicho y hecho, auxiliado por los criados de
Ananías, el desconsolado jovenzuelo veía como le iban cogiendo todo y
metiéndolo en la casa, y sus lágrimas transformándose en un río de dolor y pesadumbre,
entre los cantos alegres de los
congregados:
¡El Señor hizo en mi maravillas, gloria al Señor!


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