miércoles, 8 de junio de 2016

La Invención - Capítulo 1

El pastorcillo de Fredy

         Por aquella lejana época en que Saulo de Tarso “se cayó de la burra” camino de Damasco, aunque la iconografía de los pintores barrocos, siempre tan aparatosos ellos, decidieron poner un caballo, que resulta más vistoso y vende mejor, tanto que seguimos convencidos, aunque en ningún texto bíblico se diga que cuando se pegó el garrapatazo iba montado sobre alguna clase de bestia o acémila, de que cabalgaba sobre un noble bruto…

“Nace el bruto, y, con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
-gracias al docto pincel-,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad
monstruo de su laberinto…”


         Tras el golpe, dicen que, aparte de maltrecho, se quedó ciego, y un hombre piadoso y rico, Ananías, no sólo le acogió en su casa, en la hermosa ciudad tan propicia a los embrujos, sino que también, por el conocido método de sanación de "la imposición de las manos" le curó la ceguera, al tercer día, y se cambio de la secta farisea, en que militaba, a la secta cristiana que inventó.

          Se comentaba, por los mentideros de “la ciudad de las mil cúpulas doradas”, que la fortuna le vino a Ananías a la mano gracias a un socio, hombre de negocios como él, que se llamaba Abu Simbel, que ideó uno que era redondo, pues sólo tenía beneficios, económicos para él y morales para los que contrataban sus servicios.

         Lo denominó “el pastorcillo de Fredy”, porque cuando lo concibió se encontraba colocado por algún producto alucinógeno que había consumido, y tuvo un extraño sueño. En dicho sueño, en medio de un anfiteatro inmenso, una señora muy, muy gorda, y un caballero con el torso desnudo y muchos pelos en el pecho cantaban a dúo, y con atronadora voz, que eran “los Campeones, amigos”, y lo repetían una y otra vez, mientras la muchedumbre enloquecida gritaba en forma alternativa: “Monche, Monche, Monche” y “Fredy, Fredy, Fredy”.

          Consistía la productiva empresa, en organizar una linda fiesta para niños en los jardines de la gran mansión de Ananías, por las que se llevaba una comisión en concepto de alquiler, y limpieza y ornato del lugar, en la que los padres de un rapazuelo que acababa de llegar a eso que se denomina el “uso de razón”, es decir, cuando se puede distinguir lo que está bien hecho y lo que no está ni medio regular, pongamos ocho o nueve años, tendrían las criaturas, a las que ya se les podía traumatizar para el resto de su vida introduciendo en sus tiernas mentes el concepto de “pecado”.


  La casa de Ananías se encuentra 4 metros por debajo 
del nivel de la calle de la actual Damasco (Siria)

         Se engalanaba al Fredy de turno con vestimentas de pastor rico y se le situaba en una especie de trono de quincalla y oropel, ubicado sobre un estrado y bajo un gran arco florido, para remarcar más su protagonismo.

         Tras de jugar los chavales a “la gallinita ciega”, “pídola” o “corre, corre, corre, que te van a echar el guante”, empacharse con chucherías y otras guarrerías diversas, y tomar zarzaparrilla hasta el vómito, cuando ya habían ensuciado, manchado y desgarrado esas galas extras con que les habían vestido, también, para la ocasión, formaban una fila y le iban haciendo ofrendas al entronado, según el acomodo de los padres de cada cual y de lo que querían distinguirse dentro de la comunidad de parientes y amistades: que tal, hijo de un huertano, un cestillo con frutas de temporada; que fulana, hija de un tejedor, una preciosa túnica coloreada; que Pascual, el hijo del pastor, un corderito; que mengana… lo que a su madre le dio la gana.

         Si la familia era cursi, con la entrega de la dádiva, era de obligado cumplimiento el recitado de unos versitos molones:

- Te entrego a la oveja parda,
que estará muy rica asada…

        A los que “el pastorcillo Fredy” debía contestar con otros que tuvieran algo que ver con el tema, apostillado si era necesario por el rabino que le enseñaba letras y doctrina, y siempre le acompañaba en tan comprometida labor:

- Con gusto la comeremos
aliñada con romero.

         Así se llegaba al acto fundamental, piedra angular que daba motivo a la congregación, la conversión de un acto mundano, que podría practicar cualquier gentil de una manera indistinta, en una enseñanza moral, digna del Pueblo señalado por Dios: cuando más feliz se las prometía el homenajeado con todos aquellos regalos de los que pensaba disfrutar, y le brillaban lágrimas de alegría en las inocentes pupilas dilatadas… Aparecía Abu Simbel, que con esos ademanes ampulosos, y esas dicciones tan redichas, con que uno se imagina han actuado, y hablado, los bíblicos profetas, soltaba un discurso de semejante jaez:
         - ¡Ay, alma cándida, que hasta hora todo te ha llegado a la boca como maná caído del cielo!, hoy comenzarás a aprender, que la vida está llena de lucha y sacrificios, que no hay peor pecado que la avaricia, y que, a partir de ahora, nadie te va a regalar nada por nada…  aprendizaje moral que vas a entender de una vez por todas en este único, magnífico y sencillo acto en que te desposeemos de todo lo que creías tuyo en un santiamén -dicho y hecho, auxiliado por los criados de Ananías, el desconsolado jovenzuelo veía como le iban cogiendo todo y metiéndolo en la casa, y sus lágrimas transformándose en un río de dolor y pesadumbre, entre  los cantos alegres de los congregados:


¡El Señor hizo en mi maravillas, gloria al Señor!

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