Villa Flavia en Tarso (Du côte de chez
Roma-Fragmento de la tesina de Juan Pérez)
Tarso era una ciudad floreciente en los
albores de nuestra era, la romanización le había sentado bien. Era la capital
de la provincia de Cilicia, en la península de Anatolia. Puerto de mar a la
sazón -hoy los sedimentos producidos por el río Cydno, la han alejado quince
quilómetros de la costa-, su situación privilegiada al este de Chipre y norte
de Fenicia la convertían en un enclave comercial de multitud de productos entre
el oriente persa y el occidente grecolatino.
El patricio Cayo Antonio Lúpulo, procedente
de Hostia -también patria chica de Donostia, más conocido como San Sebastián-,
tenía un negocio floreciente, comerciaba con telas y cueros, y se había convertido
en uno de los principales proveedores del abundante ejército romano establecido
por aquellas tierras fronterizas, y de las curias que lo regentaban: cueros
repujados para las armaduras de los militares y túnicas de púrpura, procedentes
de la cercana Corinto, para los mandatarios.
Para la buena marcha de su negocio era
fundamental preparar buenos banquetes, en que los invitados se sintieran tan
dichosos con los manjares degustados y los vinos libados que no tuvieran ningún
deseo de regatear sobre los precios de las mercancías. Vinos especiados se los
hacía traer de la lejana Hispania, recién conquistada por Julio César, y en
cuanto a la comida, la pieza clave era tener un buen jefe de cocina, que supiera
conjuntar menús variados, romanos y regionales, con la puesta en escena de un ágape amenizado con
músicas y bailes. El padre de Saulo había sido esclavo en Roma donde tuvo
ocasión de aprender de lo uno y de lo otro, y Cayo Antonio, que lo descubrió en
uno de los festines a que acudió del recién nacido Imperio, en la metrópoli, a donde viajaba
de continuo para cerrar tratos, lo encontró tan excelente para sus propósitos que
bajo la promesa de hacerle liberto y
ciudadano romano se lo trajo a su emporio.
Porque como tal debía considerarse lo
que había constituido Cayo Antonio alrededor de la hermosa villa Flavia, denominada
así en honor a su consorte, con las tenerías para el tratamiento de los cueros,
los batanes, los almacenes, los baños de tinte para las telas, los estanques, las
plantaciones de frutales, un pequeño astillero en el puerto… la mayor parte de
ellos comprados a sus precedentes propietarios griegos a muy buen precio, con
la condición de dejarlos continuar regentando sus negocios bajo su supervisión,
más bien, bajo la de su primo Númerus Óptimo, natural de Apulia, que era quien
le llevaba las contabilidades, pedidos, cuentas y todo el papeleo engorroso, reservándose
para sí lo que era la verborrea precisa para el cierre de ventajosos contratos de
compra con los empresarios y de venta con los cónsules y mandatarios, durante
los deslumbrantes ágapes y festejos que organizaba y dirigía el padre de Saulo.
En aquella amplia villa, organizada
alrededor de un umbrío patio, en la que las estancias del patricio y su familia confraternizaban
con las habitaciones del personal de mayor confianza, y en la que se conjuntaba
el arte latino de las estatuas de mármol, los mosaicos de teselas multicolores
en los pisos y las estucadas pinturas en las paredes, con el lujo asiático de
los muebles y cortinajes, pasó la niñez Saulo, entre los hijos de Cayo,
recibiendo la educación de los preceptores de éstos, como uno más de la
familia.
La lengua común en Tarso era el griego,
producto de los tiempos de la dominación precedente a la romana y de la
abundante colonia que allí había permanecido. Y algunas de las costumbres
griegas aún prevalecían, como la consideración de la mujer como simple
generadora de hijos, mientras que, siguiendo la línea platónica, el amor era
otra cosa.
Hubiera
Saulo conseguido dejar de considerarse judío si su madre no hubiera sido tan
insistente en hacerle acudir a la sinagoga los sábados para aprender la
doctrina y las costumbres hebraicas.
- Mira que prepucio tan extraño tiene
Saulo -le decía Antinoo a su hermana Lydia -enséñaselo. Antinoo tenía a sazón
unos nueve años, como su amigo judío, y su hermana Lydia era un año menor. Una
preciosa niña rubia, como su madre, de grandes ojos verdes, que todavía se le
ensanchaban más cuando veía como, con los toqueteos y las caricias que se
proporcionaban, los miembros de su hermano y amigo se ponían duros y tensos.
- Me dejáis jugar con vosotros.
- No, tú juega con las muñecas -negaba
Saulo.
- ¡Jo!, sois malos -se quejaba Lydia.
- Bueno, te dejamos que nos las
sostengas y acaricies…
En el Gimnasio, en la sala presidida por
la estatua de Apolo, enseñaban a los adolescentes a leer y escribir mucho griego,
era la lengua habitual en la región, y un poco de latín, el necesario para poder entender los documentos oficiales que llegaban de la metrópoli. Saulo destacó
pronto por su capacidad para redactar, tenía mucha inventiva…
En las arenas del patio del Gimnasio, a
la sombra de una estatua de Marte, los jóvenes desnudos, embadurnados en aceite
aprendían la lucha grecorromana, a combatir con gladis, primero de madera y
después de metal, a disparar con el arco, montar a caballo, a ser los futuros
legionarios del ejército que dominaba el mundo conocido. El menudo judío no
destacaba por su fortaleza pero si por su agilidad, y en el combate era muy
importante, por algo se conocía al mítico Aquiles como “el de los pies ligeros”.
Con frecuencia padre e hijo acompañaban
a Cayo Antonio y su prole, al templo de Júpiter Tonante o al Tolo de Afrodita,
para sacrificar junto a ellos alguna tórtola como agradecimiento a
los dioses por la prosperidad de la casa, y rogar que continuase. Saulo a los quince
años era un auténtico gentil.

Nota del Editor: No entendemos muy bien las razones por las que el subtítulo del capítulo hace una referencia a la novela de Marcel Proust "Du côté chez Swann", tal vez sea un simple homenaje. En cualquier caso, hemos respetado su parecer no omitiéndolo.
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