jueves, 21 de julio de 2016

La Invención - Capítulo 3

Villa Flavia en Tarso (Du côte de chez Roma-Fragmento de la tesina de Juan Pérez)

        Tarso era una ciudad floreciente en los albores de nuestra era, la romanización le había sentado bien. Era la capital de la provincia de Cilicia, en la península de Anatolia. Puerto de mar a la sazón -hoy los sedimentos producidos por el río Cydno, la han alejado quince quilómetros de la costa-, su situación privilegiada al este de Chipre y norte de Fenicia la convertían en un enclave comercial de multitud de productos entre el oriente persa y el occidente grecolatino.

        El patricio Cayo Antonio Lúpulo, procedente de Hostia -también patria chica de Donostia, más conocido como San Sebastián-, tenía un negocio floreciente, comerciaba con telas y cueros, y se había convertido en uno de los principales proveedores del abundante ejército romano establecido por aquellas tierras fronterizas, y de las curias que lo regentaban: cueros repujados para las armaduras de los militares y túnicas de púrpura, procedentes de la cercana Corinto, para los mandatarios.



         Para la buena marcha de su negocio era fundamental preparar buenos banquetes, en que los invitados se sintieran tan dichosos con los manjares degustados y los vinos libados que no tuvieran ningún deseo de regatear sobre los precios de las mercancías. Vinos especiados se los hacía traer de la lejana Hispania, recién conquistada por Julio César, y en cuanto a la comida, la pieza clave era tener un buen jefe de cocina, que supiera conjuntar menús variados, romanos y regionales, con la puesta en escena de un ágape amenizado con músicas y bailes. El padre de Saulo había sido esclavo en Roma donde tuvo ocasión de aprender de lo uno y de lo otro, y Cayo Antonio, que lo descubrió en uno de los festines a que acudió del recién nacido Imperio, en la metrópoli, a donde viajaba de continuo para cerrar tratos, lo encontró tan excelente para sus propósitos que bajo la promesa de  hacerle liberto y ciudadano romano se lo trajo a su emporio.

        Porque como tal debía considerarse lo que había constituido Cayo Antonio alrededor de la hermosa villa Flavia, denominada así en honor a su consorte, con las tenerías para el tratamiento de los cueros, los batanes, los almacenes, los baños de tinte para las telas, los estanques, las plantaciones de frutales, un pequeño astillero en el puerto… la mayor parte de ellos comprados a sus precedentes propietarios griegos a muy buen precio, con la condición de dejarlos continuar regentando sus negocios bajo su supervisión, más bien, bajo la de su primo Númerus Óptimo, natural de Apulia, que era quien le llevaba las contabilidades, pedidos, cuentas y todo el papeleo engorroso, reservándose para sí lo que era la verborrea precisa para el cierre de ventajosos contratos de compra con los empresarios y de venta con los cónsules y mandatarios, durante los deslumbrantes ágapes y festejos que organizaba y dirigía el padre de Saulo.

        En aquella amplia villa, organizada alrededor de un umbrío patio, en la que las estancias del patricio y su familia confraternizaban con las habitaciones del personal de mayor confianza, y en la que se conjuntaba el arte latino de las estatuas de mármol, los mosaicos de teselas multicolores en los pisos y las estucadas pinturas en las paredes, con el lujo asiático de los muebles y cortinajes, pasó la niñez Saulo, entre los hijos de Cayo, recibiendo la educación de los preceptores de éstos, como uno más de la familia.


        La lengua común en Tarso era el griego, producto de los tiempos de la dominación precedente a la romana y de la abundante colonia que allí había permanecido. Y algunas de las costumbres griegas aún prevalecían, como la consideración de la mujer como simple generadora de hijos, mientras que, siguiendo la línea platónica, el amor era otra cosa.

        Hubiera Saulo conseguido dejar de considerarse judío si su madre no hubiera sido tan insistente en hacerle acudir a la sinagoga los sábados para aprender la doctrina y las costumbres hebraicas.

        - Mira que prepucio tan extraño tiene Saulo -le decía Antinoo a su hermana Lydia -enséñaselo. Antinoo tenía a sazón unos nueve años, como su amigo judío, y su hermana Lydia era un año menor. Una preciosa niña rubia, como su madre, de grandes ojos verdes, que todavía se le ensanchaban más cuando veía como, con los toqueteos y las caricias que se proporcionaban, los miembros de su hermano y amigo se ponían duros y tensos.

        - Me dejáis jugar con vosotros.
        - No, tú juega con las muñecas -negaba Saulo.
        - ¡Jo!, sois malos -se quejaba Lydia.
        - Bueno, te dejamos que nos las sostengas y acaricies…

        En el Gimnasio, en la sala presidida por la estatua de Apolo, enseñaban a los adolescentes a leer y escribir mucho griego, era la lengua habitual en la región, y un poco de latín, el necesario para poder entender los documentos oficiales que llegaban de la metrópoli. Saulo destacó pronto por su capacidad para redactar, tenía mucha inventiva…

        En las arenas del patio del Gimnasio, a la sombra de una estatua de Marte, los jóvenes desnudos, embadurnados en aceite aprendían la lucha grecorromana, a combatir con gladis, primero de madera y después de metal, a disparar con el arco, montar a caballo, a ser los futuros legionarios del ejército que dominaba el mundo conocido. El menudo judío no destacaba por su fortaleza pero si por su agilidad, y en el combate era muy importante, por algo se conocía al mítico Aquiles como “el de los pies ligeros”.


        Con frecuencia padre e hijo acompañaban a Cayo Antonio y su prole, al templo de Júpiter Tonante o al Tolo de Afrodita, para sacrificar junto a ellos alguna tórtola como agradecimiento a los dioses por la prosperidad de la casa, y rogar que continuase. Saulo a los quince años era un auténtico gentil.

1 comentario:

  1. Nota del Editor: No entendemos muy bien las razones por las que el subtítulo del capítulo hace una referencia a la novela de Marcel Proust "Du côté chez Swann", tal vez sea un simple homenaje. En cualquier caso, hemos respetado su parecer no omitiéndolo.

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