lunes, 25 de julio de 2016

La Invención - Capítulo 4

Villa Flavia en Tarso (Le côte de Judea) -Fragmento de la tesina de Juan Pérez

        Como en la mayoría de las ciudades donde tenían asentamiento, la judería de Tarso ocupaba lugares marginales del extrarradio junto al río, era un conglomerado de chabolas adosado a las tenerías y similares industrias malolientes donde los esclavos hebreos, capturados en las continuas revueltas con las que se oponían de una forma casi permanente a los dominadores romanos. Entre las humildes y torvas construcciones de adobe destacaban el hostal, regentado por el griego Calícatres, y la Sinagoga, con su pequeña cúpula, que había sido erigida gracias a los comerciantes judíos, que traían los rebaños de cabras y ovejas desde los pastizales del Jordán a la próspera capital de la Cilicia, para proveer de carne a sus habitantes y de pieles a sus industrias.


        El colmado del obeso Demis Calícatres era el único comercio que permanecía abierto los sábados en la judería, pues la ley impedía cualquier tipo de actividad durante el día consagrado a Iahvéh. Demis era un egipcio de origen griego, que hizo una fortuna como cantante con su voz atriplada y sus letras triviales, durante una década su “Triki, triki, triki…” se hizo indispensable en cuanto festín y sarao se celebraba en Roma. Casado con una bailarina de gran carácter, Lola Florentie, más conocida como “La Faraona”, por su también origen egipcio, en el declive de su carrera decidió invertir los ahorros acumulados en la restauración, y las oportunidades que Tarso ofrecía le invitaron a afincarse allí. Los artistas eran con frecuencia invitados a actuar en los banquetes de Villa Flavia, y una extraña danza que hacía Lola, que se había denominado zambra, hacía las delicias de los comensales…

        - ¡Por todos los demiurgos, Demis, trae una de esas jarras de vino especiado que sólo guardas para las grandes ocasiones, que la voy a compartir con mi amigo José el Galileo! -fue el saludo triunfal con que Paulus irrumpió en la hospedería, al ver al rico comerciante sentado ante una de las mesas entre alguno de sus pastores.
        - ¡La paz sea contigo! -contestó el tratante, levantándose del sillón para abrazar a su amigo -, ¿qué te trae por estos humildes rincones?
        - He llevado a la parienta y al chico a la sinagoga. Este sábado no había mucha actividad por la villa y me he tomado la mañana libre. Y, tú, ¿a qué debemos tan grata presencia por estos pagos?
        - Trabajando, como siempre, hemos traído unos rebaños de corderos para la fiesta de la Pascua, los mejores corderos se crían junto al Jordán, ya sabes…
        - Ya sé que en lo referente a dar a valer tu mercancía no hay quién te gane, pero siéntate y cuéntame: ¿qué novedades nos traes de Jerusalem?
        - Las habituales, continúan las disputas entre saduceos y fariseos por ganarse la simpatía del prefecto, y como en todas las proximidades de la Pascua aparece predicando por el Templo un nuevo falso mesías…
        - Luego se producirá alguna revuelta y más esclavos a contar para el engrandecimiento del Imperio, nuestros hermanos judíos nunca aprenden…
          Llegó el opulento Demis con una jarra de barro y una bandeja con vasos de madera tallada.
       - El mejor vino que se puede libar en Cilicia para mis más amados clientes.

       Tras de brindar por el reencuentro y la renovada amistad, continuaron la conversación.
         - Para no hacer el viaje de regreso a Jerusalem de vacío me llevaré un cargamento de pieles para vender en el Templo, que de un tiempo a esta parte se ha convertido en una especie de mercadillo ambulante, así que me tendrás que concertar una cita con tu protector Cayo Antonio.
       - Esta misma tarde hablaré con él y te prepararemos algo especial...
       - Banquetes no, por favor, ya sabes que no soy de los que se dejan engatusar en los precios con golosinas y libaciones en exceso.
        - Nos tratamos de hace tiempo, y soy buen conocedor de tus dotes comerciales, pero ya conoces a Cayo y no dejará pasar de largo la oportunidad de organizar una celebración, y de invitar a algunos mandatarios para que no se olviden de donde tienen que seguir comprando sus mercancías...



        Los sábados, en la Sinagoga, ante el candelabro de los siete brazos, escuchaba Saulo, vestido con zafias túnicas, en señal de humildad, como un rabino tras otro se sucedían en la lectura de la Biblia… Era bastante aburrido, sólo oír y memorizar, ningún vislumbre de poder interpretar o rebatir nada de lo que se repetía una y otra vez con cansina monotonía en un culto arameo, que no todos los asistentes llegaban a comprender. Pero eso daba lo mismo, al igual que más tarde, en el Medievo, se leería en un latín incomprensible para el campesinado europeo el Evangelio, a los rabinos no les interesaba gran cosa que el populacho se enterara de lo que decían las divinas escrituras, durante la homilía, pronunciada en griego, ya les darían ellos la interpretación más adecuada a sus propósitos. Y Saulo, a quien su madre, Miriam, sí había enseñado arameo, se sorprendía de comprobar como en la mayoría de las ocasiones los textos leídos y las referencias que de ellos se hacían tenían poco o nada que ver, cuando no eran opuestos. 

        Pero tocaba callar, escuchar y aburrirse. No había en la desnuda sala de techo abovedado ninguna estatua de alguna Venus, de turgentes senos, que te permitiera tener alguna ensoñación erótica, ni los músculos de mármol de un fornido Marte te podían hacer pensar en glorias guerreras… sólo había vacío y palabras, palabras que para Saulo sonaban las más de las veces a vacío.

         Miriam rogaba al dios innombrable qué algún día las diferencias entre judíos y gentiles terminaran.

jueves, 21 de julio de 2016

La Invención - Capítulo 3

Villa Flavia en Tarso (Du côte de chez Roma-Fragmento de la tesina de Juan Pérez)

        Tarso era una ciudad floreciente en los albores de nuestra era, la romanización le había sentado bien. Era la capital de la provincia de Cilicia, en la península de Anatolia. Puerto de mar a la sazón -hoy los sedimentos producidos por el río Cydno, la han alejado quince quilómetros de la costa-, su situación privilegiada al este de Chipre y norte de Fenicia la convertían en un enclave comercial de multitud de productos entre el oriente persa y el occidente grecolatino.

        El patricio Cayo Antonio Lúpulo, procedente de Hostia -también patria chica de Donostia, más conocido como San Sebastián-, tenía un negocio floreciente, comerciaba con telas y cueros, y se había convertido en uno de los principales proveedores del abundante ejército romano establecido por aquellas tierras fronterizas, y de las curias que lo regentaban: cueros repujados para las armaduras de los militares y túnicas de púrpura, procedentes de la cercana Corinto, para los mandatarios.



         Para la buena marcha de su negocio era fundamental preparar buenos banquetes, en que los invitados se sintieran tan dichosos con los manjares degustados y los vinos libados que no tuvieran ningún deseo de regatear sobre los precios de las mercancías. Vinos especiados se los hacía traer de la lejana Hispania, recién conquistada por Julio César, y en cuanto a la comida, la pieza clave era tener un buen jefe de cocina, que supiera conjuntar menús variados, romanos y regionales, con la puesta en escena de un ágape amenizado con músicas y bailes. El padre de Saulo había sido esclavo en Roma donde tuvo ocasión de aprender de lo uno y de lo otro, y Cayo Antonio, que lo descubrió en uno de los festines a que acudió del recién nacido Imperio, en la metrópoli, a donde viajaba de continuo para cerrar tratos, lo encontró tan excelente para sus propósitos que bajo la promesa de  hacerle liberto y ciudadano romano se lo trajo a su emporio.

        Porque como tal debía considerarse lo que había constituido Cayo Antonio alrededor de la hermosa villa Flavia, denominada así en honor a su consorte, con las tenerías para el tratamiento de los cueros, los batanes, los almacenes, los baños de tinte para las telas, los estanques, las plantaciones de frutales, un pequeño astillero en el puerto… la mayor parte de ellos comprados a sus precedentes propietarios griegos a muy buen precio, con la condición de dejarlos continuar regentando sus negocios bajo su supervisión, más bien, bajo la de su primo Númerus Óptimo, natural de Apulia, que era quien le llevaba las contabilidades, pedidos, cuentas y todo el papeleo engorroso, reservándose para sí lo que era la verborrea precisa para el cierre de ventajosos contratos de compra con los empresarios y de venta con los cónsules y mandatarios, durante los deslumbrantes ágapes y festejos que organizaba y dirigía el padre de Saulo.

        En aquella amplia villa, organizada alrededor de un umbrío patio, en la que las estancias del patricio y su familia confraternizaban con las habitaciones del personal de mayor confianza, y en la que se conjuntaba el arte latino de las estatuas de mármol, los mosaicos de teselas multicolores en los pisos y las estucadas pinturas en las paredes, con el lujo asiático de los muebles y cortinajes, pasó la niñez Saulo, entre los hijos de Cayo, recibiendo la educación de los preceptores de éstos, como uno más de la familia.


        La lengua común en Tarso era el griego, producto de los tiempos de la dominación precedente a la romana y de la abundante colonia que allí había permanecido. Y algunas de las costumbres griegas aún prevalecían, como la consideración de la mujer como simple generadora de hijos, mientras que, siguiendo la línea platónica, el amor era otra cosa.

        Hubiera Saulo conseguido dejar de considerarse judío si su madre no hubiera sido tan insistente en hacerle acudir a la sinagoga los sábados para aprender la doctrina y las costumbres hebraicas.

        - Mira que prepucio tan extraño tiene Saulo -le decía Antinoo a su hermana Lydia -enséñaselo. Antinoo tenía a sazón unos nueve años, como su amigo judío, y su hermana Lydia era un año menor. Una preciosa niña rubia, como su madre, de grandes ojos verdes, que todavía se le ensanchaban más cuando veía como, con los toqueteos y las caricias que se proporcionaban, los miembros de su hermano y amigo se ponían duros y tensos.

        - Me dejáis jugar con vosotros.
        - No, tú juega con las muñecas -negaba Saulo.
        - ¡Jo!, sois malos -se quejaba Lydia.
        - Bueno, te dejamos que nos las sostengas y acaricies…

        En el Gimnasio, en la sala presidida por la estatua de Apolo, enseñaban a los adolescentes a leer y escribir mucho griego, era la lengua habitual en la región, y un poco de latín, el necesario para poder entender los documentos oficiales que llegaban de la metrópoli. Saulo destacó pronto por su capacidad para redactar, tenía mucha inventiva…

        En las arenas del patio del Gimnasio, a la sombra de una estatua de Marte, los jóvenes desnudos, embadurnados en aceite aprendían la lucha grecorromana, a combatir con gladis, primero de madera y después de metal, a disparar con el arco, montar a caballo, a ser los futuros legionarios del ejército que dominaba el mundo conocido. El menudo judío no destacaba por su fortaleza pero si por su agilidad, y en el combate era muy importante, por algo se conocía al mítico Aquiles como “el de los pies ligeros”.


        Con frecuencia padre e hijo acompañaban a Cayo Antonio y su prole, al templo de Júpiter Tonante o al Tolo de Afrodita, para sacrificar junto a ellos alguna tórtola como agradecimiento a los dioses por la prosperidad de la casa, y rogar que continuase. Saulo a los quince años era un auténtico gentil.