Villa Flavia en Tarso (Le côte de
Judea) -Fragmento de la tesina de Juan Pérez
Como en la mayoría de las ciudades donde
tenían asentamiento, la judería de Tarso ocupaba lugares marginales del
extrarradio junto al río, era un conglomerado de chabolas adosado a las
tenerías y similares industrias malolientes donde los esclavos hebreos,
capturados en las continuas revueltas con las que se oponían de una forma casi
permanente a los dominadores romanos. Entre las humildes y torvas construcciones
de adobe destacaban el hostal, regentado por el griego Calícatres, y la
Sinagoga, con su pequeña cúpula, que había sido erigida gracias a los
comerciantes judíos, que traían los rebaños de cabras y ovejas desde los
pastizales del Jordán a la próspera capital de la Cilicia, para proveer de carne a sus habitantes y de pieles a sus industrias.
El colmado del obeso Demis Calícatres
era el único comercio que permanecía abierto los sábados en la judería, pues la
ley impedía cualquier tipo de actividad durante el día consagrado a Iahvéh. Demis
era un egipcio de origen griego, que hizo una fortuna como cantante con su voz atriplada
y sus letras triviales, durante una década su “Triki, triki, triki…” se hizo
indispensable en cuanto festín y sarao se celebraba en Roma. Casado con una
bailarina de gran carácter, Lola Florentie, más conocida como “La Faraona”, por
su también origen egipcio, en el declive de su carrera decidió invertir los
ahorros acumulados en la restauración, y las oportunidades que Tarso ofrecía le
invitaron a afincarse allí. Los artistas eran con frecuencia invitados a actuar
en los banquetes de Villa Flavia, y una extraña danza que hacía Lola, que se
había denominado zambra, hacía las delicias de los comensales…
- ¡Por todos los demiurgos, Demis, trae
una de esas jarras de vino especiado que sólo guardas para las grandes
ocasiones, que la voy a compartir con mi amigo José el Galileo! -fue el saludo triunfal
con que Paulus irrumpió en la hospedería, al ver al rico comerciante sentado
ante una de las mesas entre alguno de sus pastores.
- ¡La paz sea contigo! -contestó el
tratante, levantándose del sillón para abrazar a su amigo -, ¿qué te trae por
estos humildes rincones?
- He llevado a la parienta y al chico a
la sinagoga. Este sábado no había mucha actividad por la villa y me he tomado
la mañana libre. Y, tú, ¿a qué debemos tan grata presencia por estos pagos?
- Trabajando, como siempre, hemos traído
unos rebaños de corderos para la fiesta de la Pascua, los mejores corderos se
crían junto al Jordán, ya sabes…
- Ya sé que en lo referente a dar a
valer tu mercancía no hay quién te gane, pero siéntate y cuéntame: ¿qué
novedades nos traes de Jerusalem?
- Las habituales, continúan las disputas
entre saduceos y fariseos por ganarse la simpatía del prefecto, y como en todas
las proximidades de la Pascua aparece predicando por el Templo un nuevo falso
mesías…
- Luego se producirá alguna revuelta y
más esclavos a contar para el engrandecimiento del Imperio, nuestros hermanos
judíos nunca aprenden…
Llegó el opulento Demis con una jarra de barro y una bandeja con vasos de madera tallada.
- El mejor vino que se puede libar en Cilicia para mis más amados clientes.
Tras de brindar por el reencuentro y la renovada amistad, continuaron la conversación.
Tras de brindar por el reencuentro y la renovada amistad, continuaron la conversación.
- Para no hacer el viaje de regreso a Jerusalem de vacío me llevaré un
cargamento de pieles para vender en el Templo, que de un tiempo a esta parte se
ha convertido en una especie de mercadillo ambulante, así que me tendrás que
concertar una cita con tu protector Cayo Antonio.
- Esta misma tarde hablaré con
él y te prepararemos algo especial...
- Banquetes no, por favor, ya sabes que
no soy de los que se dejan engatusar en los precios con golosinas y libaciones
en exceso.
- Nos tratamos de hace
tiempo, y soy buen conocedor de tus dotes comerciales, pero ya conoces a Cayo y
no dejará pasar de largo la oportunidad de organizar una celebración, y de
invitar a algunos mandatarios para que no se olviden de donde tienen que seguir
comprando sus mercancías...
Los sábados, en la Sinagoga, ante el
candelabro de los siete brazos, escuchaba Saulo, vestido con zafias túnicas, en
señal de humildad, como un rabino tras otro se sucedían en la lectura de la
Biblia… Era bastante aburrido, sólo oír y memorizar, ningún vislumbre de poder
interpretar o rebatir nada de lo que se repetía una y otra vez con cansina
monotonía en un culto arameo, que no todos los asistentes llegaban a
comprender. Pero eso daba lo mismo, al igual que más tarde, en el Medievo, se
leería en un latín incomprensible para el campesinado europeo el Evangelio, a los
rabinos no les interesaba gran cosa que el populacho se enterara de lo que
decían las divinas escrituras, durante la homilía, pronunciada en griego, ya
les darían ellos la interpretación más adecuada a sus propósitos. Y Saulo, a
quien su madre, Miriam, sí había enseñado arameo, se sorprendía de comprobar como en
la mayoría de las ocasiones los textos leídos y las referencias que de ellos se
hacían tenían poco o nada que ver, cuando no eran opuestos.
Pero tocaba callar,
escuchar y aburrirse. No había en la desnuda sala de techo abovedado ninguna
estatua de alguna Venus, de turgentes senos, que te permitiera tener alguna
ensoñación erótica, ni los músculos de mármol de un fornido Marte te podían
hacer pensar en glorias guerreras… sólo había vacío y palabras, palabras que
para Saulo sonaban las más de las veces a vacío.
Miriam rogaba
al dios innombrable qué algún día las diferencias entre judíos y gentiles
terminaran.

